El liberalismo del PP

Ésta no está siendo una buena semana para el sector liberal del PP. Los medios de comunicación se han hecho eco de dos noticias que harían a cualquier liberal “de pro” revolverse en su tumba al oírlas. La primera, la disputa entre PP y PSOE acerca de quién dijo antes que quería ofrecer dinero por cada niño nacido (léase, dinero que te quitan a ti, independientemente de cuántos hijos tengas, para dárselo a otro, independientemente de que gane más que tú) y quién ofrecía más dinero por este concepto. Después, nos llega el acuerdo entre PP y CC para gobernar en Canarias y que incluye, entre otras perlas, un férreo control de la actividad comercial, una oposición sin freno a la liberalización del plátano, un importante esfuerzo de ingeniería demográfica para limitar el número de personas que pueden vivir en las islas y un cupo de inmigrantes “aceptables”. Todo esto, para rematar la ridiculez de que el nuevo estatuto definirá a Canarias como un “Archipiélago Atlántico”, como si, hasta ahora, se hubiera tratado de una península asiática y los legisladores hubieran llegado por fin a subsanar la paradójica situación.

En resumen, que te seguirán quitando dinero de la nómina para proteger a algún productor de plátanos, aunque él gane más dinero que tú, y que, si entre tus planes de jubilación estaba comprarte una casita en Tenerife e irte allí a vivir, seguramente tendrás que pagar un impuesto especial o sobornar a algún funcionario para que te selle no sé qué papel. Con liberales así, la izquierda puede estar tranquila.

El desglose del IVA

Acabo de comprarme un paquete de Marlboro, como casi todos los días (sí, volví a fumar tras varios años de abstinencia). Al comprarlo, no sé por qué, he tenido la sensación de estar pagando mi pequeño impuesto diario. Todos lo sabemos: el tabaco costaría mucho menos si no fuera por la cantidad de impuestos con los que está gravado. Lo mismo se puede decir del alcohol y la gasolina, por ejemplo. Pero, exactamente, ¿cuántos impuestos pagamos por cada paquete de tabaco? ¿Y al repostar? ¿Y al comprar una botella de ginebra? Seguro que no es difícil averiguarlo dedicándole un ratillo a investigar en Google pero, ¿por qué esos impuestos no se desglosan claramente en las correspondientes facturas de compra? Así, cada vez que comprásemos un producto de algunas de esas categorías ultra-gravadas, podríamos ver de verdad cuánto vale el producto y cuánto se va en impuestos. También tendríamos una idea más clara de eso que se llama “presión impositiva” y podríamos entender mejor cómo aunque nos vendan la moto de que nos bajan o quitan tal o cual impuesto, seguimos siempre en las mismas.

Existe obligación de desglosar el IVA (IGIC, para los afortunados) en las facturas, pero esto no ocurre igual con el resto de impuestos. A primera vista, sólo se me ocurre otro caso: creo recordar que, en las facturas de electricidad, se especifican cosas cómo qué parte del importe se destina a sustituir las fuentes de energía sucias por otras más “limpias”. Qué bonito, hasta me emociono. Pero, claro, de decirte cuántas cenas de ministros se van a pagar con lo que te dejas en llenar el depósito cada semana, de eso nada.

Exijo que en los tickets y facturas del tabaco, el combustible y el alcohol se desglose claramente el precio del producto y los impuestos que lo gravan. Lo exijo, aunque nadie me haga caso.

La salud no es un negocio… o sí

El pasado mes de diciembre, usé el tren de cercanías en Madrid para volver a casa. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Al bajarme en la estación de Ramón y Cajal, situada justo al lado del hospital del mismo nombre, pude ver por las paredes de la estación un buen montón de pegatinas que convocaban a la huelga de sanidad organizada por CCOO y UGT. Me llamó mucho la atención una de ellas, cuyo lema decía “La salud no es un negocio”. Desde entonces, no puedo quitarme esa frase de la cabeza. ¿Cómo que la salud no es un negocio? ¿Se puede ofrecer al público una visión más distorsionada de un sector tan importante como ése? ¿Cualquiera que se crea ese lema se ha parado a pensar tan sólo un segundo en la barbaridad que supone?

El único nivel de la “industria de la salud” con una fuerte y relevante presencia pública es la atención sanitaria. La investigación está comandada por empresas privadas, al igual que la producción de medicamentos, la fabricación de material e instrumental médico, las publicaciones médicas más importantes, la venta de medicamentos,… la mayoría de los elementos que componen ese sector están mayoritariamente, valga la redundancia, en manos privadas. Huelga decir que esas empresas privadas están ahí para hacer negocio, conseguir beneficios, pero no por eso los criticamos cuando nos salvan la vida con sus medicinas o nos diagnostican a tiempo con sus máquinas de resonancia magnética. Sin embargo, desde el único escalón en que existe una fuerte presencia pública (y eso en España, que no en otros países), se nos intenta vender que, si esa parte queda en manos privadas, se acerca la peor catástrofe nunca imaginada.

Ni siquiera voy a discutir sobre si es mejor o peor que exista la sanidad pública. Quienes me conocen ya se imaginan qué pienso al respecto. La pregunta que me asalta es: ¿por qué hay tanta reticencia a que la prestación sanitaria se privatice si el resto de esa industria ya es privada y no por eso estamos peor de salud? Incluso aceptando la universalidad del sistema y su sustento mediante aportaciones obligatorias e impuestos, ¿qué problema habría en que la asistencia sanitaria fuera enteramente privada y el coste de los servicios lo liquidara la Administración en lugar del paciente? ¿Existe alguna razón sólida para defender la prestación sanitaria pública, más cara y menos eficiente que la privada, más allá de mantener los privilegios de unos pocos?