A Doña Carmen no le solía gustar que sus huéspedes llevasen invitados sin avisar con antelación. Sin embargo, a mí nunca me ponía mala cara si me presentaba con alguien a cenar sin haber dicho siquiera si yo iba a ir a cenar. No es que la buena señora me tuviera un cariño especial, sino que agradecía todo el comercio que hacíamos juntos y que le permitía mantener bien abastecida la cocina de la pensión, con lo que se aseguraba tanto la fidelidad de sus inquilinos como el incesante engorde de su sobrina, llamada Maria Dolors y que había venido desde un pequeño pueblo de la provincia de Gerona a echarle una mano a su tía, a cambio de cama y siete u ocho comidas diarias. Por todo ello, cuando aquella noche llegué a la pensión con las dos siluetas que había avistado frente a la puerta del edificio, doña Carmen resolvió la situación con una sonrisa en los labios y un par de órdenes a su sobrina para que colocara tres platos en la mesa. Íbamos a cenar solos, pues el resto de huéspedes ya habían despejado el pequeño comedor, alicatado en azulejo blanco hasta la altura del pecho e iluminado por una única bombilla que, unos días antes, se había escurrido de una caja que uno de mis proveedores más estimados ayudaba a descargar de un barco proveniente de Italia.
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