No es que este blog se esté viendo amenazado de forma directa por nada ni por nadie, pero sí existe una amenaza de carácter indirecto sobre éste y muchos otros lugares en Internet donde se discute sobre la industria del turismo y sus segmentos especialistas, como el de los viajes de negocio. Asimismo, lo que hoy nos afecta a los que nos dedicamos a los viajes afectará mañana a los que se dedican a los coches todo-terreno, los aparatos electrónicos y cualquier otro sector en el que exista una asociación empresarial deseosa de controlar todo lo que se dice en Internet sobre los productos y servicios de sus asociados.
Todo lo anterior viene por las asombrosas declaraciones de Miguel Mirones, presidente del Instituto para la Calidad Turística Española (ICTE), recogidas en esta noticia de 20 Minutos. Resulta que al señor Mirones le preocupa sobremanera que en las páginas que acogen las opiniones subjetivas de la gente sobre los destinos a los que ha viajado “a menudo aparecen opiniones interesadas de gente que nunca ha estado en el lugar del que habla”, según afirma el medio digital. Así que el señor Mirones propone la creación de herramientas que garanticen la credibilidad de las opiniones publicadas en Internet. En resumen, según dice la noticia, lo que quiere el señor Mirones es que “las grandes compañías tecnológicas establezcan mecanismos de control que eviten la proliferación de opiniones interesadas en Internet”, que es un magnífico eufemismo para no tener que decir la palabra “censura”.
Lo primero que me pregunto es lo siguiente: ¿cómo puede el señor Mirones estar seguro de que las opiniones que a él no le gustan son “interesadas” e infundadas? Mientras él no me demuestre que es capaz de reconocer y demostrar el carácter interesado e infundado de esas críticas, yo estaré convencido de que SUS declaraciones sí son interesadas e infundadas, puesto que no es capaz de demostrar aquello que dice (infundado, por tanto) y pretende conseguir un beneficio para sí y los que representa (interesado, por tanto). Es decir, que mediante un mecanismo infundado e interesado, una asociación empresarial pretende decirle a todos los que participan en cualquier medio de Internet lo que pueden decir o no sobre sus actividades. Eso, señores, es censura. Y de la cutre, además.
La ley española ya incluye suficientes mecanismos para la defensa del honor y de los intereses legítimos como para que los políticos no tuvieran que castigarnos con una ley tan preocupante como la LISI. Mediante la LISI, cualquier empresario a quien le importe más mantener una apariencia determinada que preocuparse por gestionar su negocio en sintonía con el mercado puede recurrir a su asociación gremial para que le metan un puro a todo aquél que ose amenazar su tranquilidad dando su opinión en Internet sobre los productos o servicios comercializados por su empresa. Si alguien miente, calumnia o engaña, a por él, con todo el peso de la Ley. Si alguien opina sobre tu negocio y eso te escuece, te aguantas.
No cedamos ante ningún intento de coartar nuestra libertad de expresión pues, aunque hoy nos quieran vender sus reivindicaciones envueltas con el lazo de la protección ante las mentiras y la lucha contra los intereses ocultos, conseguidos los primeros hitos no dudarán en ir un paso más allá cada día, hasta que Internet se convierta en un espacio vedado al sano intercambio de opiniones y la valoración de los productos y servicios ofrecidos por la industria.
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