Yo maté a Grover Burch (002)

La Semana Santa llegó a Barcelona, que la acogió con más ganas de lo que algunos habían supuesto. Hasta entonces, no había vuelto a ver a Grover Burch. En realidad, ni siquiera sabía aún cuál era su nombre. Para mí, sólo era aquél marinero extranjero tan grande, de pelo castaño claro muy corto, que me había pagado con dos cartones de rubio americano un paseo a lomos de la Manoli un par de meses antes. Uno de aquellos cartones me lo fumé a su salud, pero el otro lo convertí en mantequilla con la ayuda de un carabinero y, a su vez, aquella grasa amarilla se convirtió en unas pesetas al contacto con el señor Ferrer, que regentaba una panadería en la calle de la Princesa y siempre estaba en busca de ingredientes con los que satisfacer a su clientela. Cuando aquellas pesetas se disolvieron en el fondo de mi cartera, olvidé por completo al grandullón y a su enorme abrigo azul.

La policía se había preocupado de dejarnos claro a los de mi industria que, durante la Semana Santa, las chicas debían tomarse unos días de descanso. Si bien las cuentas de mi negocio se resintieron, la Montse y la Manoli agradecieron los días de asueto y se dedicaron a remendarse las medias y poner al día sus melenas en aquel cuartucho con vistas al mercado de San José que compartían desde que las presenté, justo antes de las Navidades. Por mi parte, me dediqué a pasear por las estaciones de autobuses, punto habitual de llegada de chicas de pueblo con ganas de hacerse un futuro en Barcelona, por si encontraba a alguna que prefiriese entrar en el sector de la diversión y las atenciones mutuas en lugar de en la sufrida industria del servicio doméstico. El Viernes Santo, tras no haber tenido suerte en mis esfuerzos de reclutamiento, volví a paso vivo a mi pensión de la calle de los Sombrereros. La prisa me venía por un interés de lo más vulgar, nada relacionado con los lances en que me solían meter mis actividades diarias de intercambio de mercaderías: llegar a cenar el potaje que había preparado por la mañana doña Carmen, la dueña de la pensión, y cuyo olor se me había quedado aferrado a los pelillos de la nariz, trayéndome durante todo el día recuerdos de un tiempo ya tan lejano que me parecía como si perteneciera a una de esas películas que había alcanzado a ver antes de la guerra en el cine Callao, cuando aún vivía en Madrid, con mis padres.

Al girar la esquina de la calle de Moncada, frente a la puerta de mi pensión pude ver un par de figuras que hicieron que, instintivamente, mi mano derecha bajase un poco más dentro del bolsillo del gabán y abrazara la culata de mi Bodeo, que no se había separado de mí desde la noche en que su anterior dueño, un teniente italiano, lo perdiera jugando a las cartas en un antro de Santander. Hasta el momento, mi instinto me había mantenido vivo y entero a lo largo de ocho años de correrías variadas, incluidos tres de guerra, así que si mi mano decidía acercarse al revolver, yo no le llevaba la contraria. Al avanzar un poco por Sombrereros, justo mientras pasaba por el escaparate de una antigua tienda de telas abandonada durante la guerra, una de esas siluetas despertó un recuerdo en mi memoria, aunque no puedo recordar ahora si aquel recuerdo me tranquilizó o me puso aún más en alerta.

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